El madroño, harto de que lo acusen de "depresivo", empieza a cantar las cuarenta.
El jardinero, un tipo llamado Manolo que vestía un sombrero de paja
demasiado grande se acercó al madroño con
unas tijeras y cara de pocos amigos.
—¡Ay, Arbutus! —suspiró Manolo, dándole un golpecito a una hoja seca—. Otra
vez con los bordes negros. Estás más pocho que una lechuga en el desierto. ¿Es
que no te gusta el abono caro que te compro?
El madroño, que hasta ese momento se había mantenido estoico, sintió que sus
estomas vibraban de indignación. Si pudiera hablar, le habría soltado un
discurso que habría dejado sorda a toda la flora del jardín. A falta de voz,
proyectó su intención con tanta fuerza que el aire a su alrededor se cargó de
una electricidad estática que erizó los vellos de los brazos de Manolo.
"¿Que si me gusta el abono, Manolo? ¿En serio? ¡Es como si me dieras
foie gras cuando lo que necesito es una ensalada de supervivencia!",
pensó el madroño, intentando sacudir sus ramas con desdén.
Manolo retrocedió un paso, extrañado por el movimiento brusco de las hojas
en un día sin viento.
"¡Escúchame bien, hombre de poca fe botánica!", continuó el
madroño, concentrando toda su energía en una hoja especialmente achicharrada
que señaló con elegancia hacia el letrero del vivero que aún guardaba en su
base. "Mira esos bordes negros. ¿Crees que esto es una tendencia
estética? ¿Un estilo 'gótico-vegetal'?
¡No! ¡Es una negligencia criminal,
Manolo!"
El madroño, mentalmente, empezó a desglosar su alegato de defensa con la
precisión de un abogado penalista:
1. La
"Trampa de Turba": "¿Sabes qué es esto, Manolo? Es el
'Suave-Bloque 3000' del vivero. Parece tierra, pero es un bloque de turba
prensada que ni un martillo neumático rompe. Es una cárcel de alta seguridad
para mis raíces. ¡No puedo respirar! ¡Es como si vivieras en un traje de buzo
lleno de hormigón!"
2. El
Compost de Cartón Piedra: "El compost que usaron no tiene vida. Es
una mezcla de restos de serrín y fertilizantes químicos que me dieron un
subidón de azúcar la primera semana, pero que ahora mismo se ha convertido en
una costra tóxica. ¡Es sal, Manolo! ¡Son sales minerales acumuladas que me
están quemando los bordes desde dentro! Mis hojas no están negras por 'tristeza',
están chamuscadas por sobredosis de químicos de baja calidad."
3. El
Delito de Omisión: "¿Dónde está el drenaje? ¿Dónde está la perlita?
En el vivero me metieron en un plástico sin agujeros de drenaje real, solo una
simulación. Mis raíces están nadando en una sopa agria y estancada. ¡Es un spa
del infierno!"
Quiza algo intuyó Manolo. Rascándose la cabeza, miró el suelo alrededor del
madroño. Cogió una pala y, con cuidado, escarbó un poco. Al notar la dureza
extrema del bloque original, su cara pasó de la confusión a la iluminación.
"¡Exacto, Sherlock del Jardín!", pensó el madroño, agitando
sus ramas superiores con algo parecido a un aplauso. "¡Mira esa masa
compacta! ¿Ves el color? ¿Ves cómo el agua se queda ahí arriba haciendo charcos
en lugar de filtrarse? ¡Soy un madroño, no un cactus acuático!"
Manolo se quedó mirando el bloque de tierra del vivero, oliéndolo. Una mueca
de asco se dibujó en su rostro. "Huele a alcantarilla rancia...",
murmuró.
"¡Gracias al Dios de la fotosíntesis! ¡Por fin lo pillas!",
pensó el madroño, sintiéndose un poco más ligero, a pesar de sus bordes
carbonizados. "Esa es la fragancia del éxito de un vivero que prefiere
vender volumen que calidad. Soy un superviviente, Manolo. Estoy haciendo todo
lo posible por no morirme mientras mis raíces intentan escapar de esta bola de
cemento orgánico donde me han plantado."
El jardinero dejó la pala, se quitó el sombrero y suspiró. "Madre mía,
qué desastre. Te han vendido como una planta de lujo cuando, en realidad, te
estaban enviando al corredor de la muerte con un sustrato de saldo".
El madroño, sintiendo un extraño alivio al ver que su interlocutor por fin
entendía que no era un "depresivo", sino una víctima de una estafa
botánica, se quedó quieto. Esperaba con ansias que Manolo buscara una pala más
grande y un poco de compost decente, de ese que huele a bosque y no a
laboratorio de dudosa procedencia.
"Vale, Manolo, te perdono lo que dijiste de la lechuga",
pensó, relajándose. "Ahora, menos hablar y más trasplantar. ¡Quítame
esta coraza de plástico y tierra muerta o tendré que empezar a soltar bayas
para demostrarte lo que es un madroño de verdad!"
Manolo, ajeno a los pensamientos, de la planta pero con una intuición
renovada, se dirigió al cobertizo. El madroño, por primera vez en semanas,
sintió que quizás, solo quizás, podría volver a lucir sus hojas de un verde
brillante y dejar de ser el "emo" del jardín.
Pero aun estaba cabreado y aun tuvo algún otro "enfrentamiento"
con otras plantas del jardín que sí están perfectamente sanas y lo miran con
superioridad.
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