Las cadenas del hábito, por lo general, son demasiado pequeñas para poder notarlas, hasta que se vuelven demasiado fuertes para poder romperlas.
Samuel Johnson

sábado, 29 de agosto de 2026

 

Las quejas del Madroño

El madroño, harto de que lo acusen de "depresivo", empieza a cantar las cuarenta.

El jardinero, un tipo llamado Manolo que vestía un sombrero de paja demasiado grande se acercó al madroño con unas tijeras y cara de pocos amigos.

—¡Ay, Arbutus! —suspiró Manolo, dándole un golpecito a una hoja seca—. Otra vez con los bordes negros. Estás más pocho que una lechuga en el desierto. ¿Es que no te gusta el abono caro que te compro?

El madroño, que hasta ese momento se había mantenido estoico, sintió que sus estomas vibraban de indignación. Si pudiera hablar, le habría soltado un discurso que habría dejado sorda a toda la flora del jardín. A falta de voz, proyectó su intención con tanta fuerza que el aire a su alrededor se cargó de una electricidad estática que erizó los vellos de los brazos de Manolo.

"¿Que si me gusta el abono, Manolo? ¿En serio? ¡Es como si me dieras foie gras cuando lo que necesito es una ensalada de supervivencia!", pensó el madroño, intentando sacudir sus ramas con desdén.

Manolo retrocedió un paso, extrañado por el movimiento brusco de las hojas en un día sin viento.

"¡Escúchame bien, hombre de poca fe botánica!", continuó el madroño, concentrando toda su energía en una hoja especialmente achicharrada que señaló con elegancia hacia el letrero del vivero que aún guardaba en su base. "Mira esos bordes negros. ¿Crees que esto es una tendencia estética? ¿Un estilo 'gótico-vegetal'?

¡No!  ¡Es una negligencia criminal, Manolo!"

El madroño, mentalmente, empezó a desglosar su alegato de defensa con la precisión de un abogado penalista:

1.     La "Trampa de Turba": "¿Sabes qué es esto, Manolo? Es el 'Suave-Bloque 3000' del vivero. Parece tierra, pero es un bloque de turba prensada que ni un martillo neumático rompe. Es una cárcel de alta seguridad para mis raíces. ¡No puedo respirar! ¡Es como si vivieras en un traje de buzo lleno de hormigón!"

2.     El Compost de Cartón Piedra: "El compost que usaron no tiene vida. Es una mezcla de restos de serrín y fertilizantes químicos que me dieron un subidón de azúcar la primera semana, pero que ahora mismo se ha convertido en una costra tóxica. ¡Es sal, Manolo! ¡Son sales minerales acumuladas que me están quemando los bordes desde dentro! Mis hojas no están negras por 'tristeza', están chamuscadas por sobredosis de químicos de baja calidad."

3.     El Delito de Omisión: "¿Dónde está el drenaje? ¿Dónde está la perlita? En el vivero me metieron en un plástico sin agujeros de drenaje real, solo una simulación. Mis raíces están nadando en una sopa agria y estancada. ¡Es un spa del infierno!"

Quiza algo intuyó Manolo. Rascándose la cabeza, miró el suelo alrededor del madroño. Cogió una pala y, con cuidado, escarbó un poco. Al notar la dureza extrema del bloque original, su cara pasó de la confusión a la iluminación.

"¡Exacto, Sherlock del Jardín!", pensó el madroño, agitando sus ramas superiores con algo parecido a un aplauso. "¡Mira esa masa compacta! ¿Ves el color? ¿Ves cómo el agua se queda ahí arriba haciendo charcos en lugar de filtrarse? ¡Soy un madroño, no un cactus acuático!"

Manolo se quedó mirando el bloque de tierra del vivero, oliéndolo. Una mueca de asco se dibujó en su rostro. "Huele a alcantarilla rancia...", murmuró.

"¡Gracias al Dios de la fotosíntesis! ¡Por fin lo pillas!", pensó el madroño, sintiéndose un poco más ligero, a pesar de sus bordes carbonizados. "Esa es la fragancia del éxito de un vivero que prefiere vender volumen que calidad. Soy un superviviente, Manolo. Estoy haciendo todo lo posible por no morirme mientras mis raíces intentan escapar de esta bola de cemento orgánico donde me han plantado."

El jardinero dejó la pala, se quitó el sombrero y suspiró. "Madre mía, qué desastre. Te han vendido como una planta de lujo cuando, en realidad, te estaban enviando al corredor de la muerte con un sustrato de saldo".

El madroño, sintiendo un extraño alivio al ver que su interlocutor por fin entendía que no era un "depresivo", sino una víctima de una estafa botánica, se quedó quieto. Esperaba con ansias que Manolo buscara una pala más grande y un poco de compost decente, de ese que huele a bosque y no a laboratorio de dudosa procedencia.

"Vale, Manolo, te perdono lo que dijiste de la lechuga", pensó, relajándose. "Ahora, menos hablar y más trasplantar. ¡Quítame esta coraza de plástico y tierra muerta o tendré que empezar a soltar bayas para demostrarte lo que es un madroño de verdad!"

Manolo, ajeno a los pensamientos, de la planta pero con una intuición renovada, se dirigió al cobertizo. El madroño, por primera vez en semanas, sintió que quizás, solo quizás, podría volver a lucir sus hojas de un verde brillante y dejar de ser el "emo" del jardín.

Pero aun estaba cabreado y aun tuvo algún otro "enfrentamiento" con otras plantas del jardín que sí están perfectamente sanas y lo miran con superioridad.

 

                                                                                                  Klara Lablanca

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