Amores olvidados parte 7
Había tenido un día más bien torcido, de esos en los que solía buscar su consejo.
Pero tras su muerte, solo la visita al nicho parecía prometer un cuestionable consuelo. Aunque me había prometido no jugar a ese inútil fetichismo de los huesos, allí estaba sin poder evitarlo, con la estúpida idea de visitarle. Solo para comprobar una vez más que era incapaz de defenderme del dolor.
Estaba saludando al sepulturero cuando mirando desde una cierta distancia el nicho de mi padre, vi llegar una señora mayor. Se paró ante la lápida, rebuscó en su bolso, sacó una bayeta y un pequeño difusor transparente lleno de líquido azul.
Ante mi sorpresa se puso a limpiarla. Me sentí invadida e irritada. ¿Cómo se atrevía? Estaba a punto de ir a pedirle explicaciones, pero atendiendo a la conversación tardé unos instantes.
Observé a la mujer, que con suaves movimientos circulares como acariciando la lápida, llevaba a cabo su actividad con la entrega y devoción del que está creando una obra de arte.
Se detuvo un momento, sacó un pañuelo y se enjuagó con lentitud los ojos. Aquel gesto sencillo cargado de emotividad me conmovió y cambio el significado de lo que estaba viendo. Dejó de ser una intrusa.
Intrigada, le pregunté al sepulturero y me informó que cada dos o tres días la ve limpiarla y a veces deja una pequeña rosa roja entre las flores que trae la familia.
Estaba confundida. No tenía explicación alguna para aquel hecho insólito y los sentimientos que sugería. No la conocía ni la había visto nunca en el entorno de mi padre. ¿Cuál era la historia que parecía sugerir?
Cuál era el significado de su gesto devoto, de aquellas marchitas lágrimas, y la tristeza que emanaba de la frágil figura enlutada.
Buscando posibilidades, aunque fueran remotas, pensé en mi madre y me alegré de que no estuviera allí.
Y en él. Conociéndolo era inconcebible que aquel sorprendente hecho escondiera una desconocida historia de amor. ¿O……?
Por un segundo, múltiples posibilidades de antiguos amores olvidados se esbozaron y desvanecieron en mi mente, que carente de referentes concluyó que seguramente el secreto solo le pertenezca a ella.
La vi terminar con ademán cansado la tarea, recogió de nuevo las pertenencias en el bolso y apoyó un momento la frente en la fría piedra con los ojos cerrados.
Cuando los abrió, volvió el rostro en nuestra dirección, como quien mira un camino que se pierde a lo lejos.
Dio la vuelta con dificultad y la vi alejarse junto a la hilera de nichos con andar inseguro hacia la otra puerta del camposanto.
Me acerqué al nicho y me quedé mirando la reluciente lapida. Enfrentada a su oculto significado, me acució la estéril necesidad de contarle y preguntarle. Tuve que tragarme la tristeza. El ya no está aquí.
Amo lo razonable de no
alejarse de la naturaleza más de lo imprescindible.
Que el verde de los árboles
y la hierba acaricien mis ojos.
Que las flores acaricien mi
corazón.
Que la naturaleza comparta
su paz conmigo.
Que el pensamiento se
apacigüe.
Que no me acucie el consumismo
que pretende compensarme y me hace su esclavo.
Que no crezca la hierba en
la senda que lleva a mis amigos
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Con la misma nostalgia que el emigrante evoca su lejano hogar, he frecuentado durante años el recuerdo de su boca, sus ojos, su proximidad…... Y a pesar de los decenios en los que solo existieron en mis recuerdos, o quizá debido a eso, se convirtieron en el corazón de una realidad más fuerte y creíble que la que comparto con el resto del mundo.
En esa realidad que ella creó con el mohín de su boca, flotamos ingrávidos, mecidos en los mares procelosos del sentimiento. Invisibles al resto de los mortales y a salvo de su lógica.
Mejor así, porque para ellos esto, más que una historia romántica sería un caso de psiquiátrico.
Soy un adulto que a pesar de que piensa que no está loco, de hecho, su pareja es una adolescente de 16 años que por desgracia quedó atrapada en un bucle temporal en el que dos meses, se van repitiendo día tras día sin que mengüe su frescura. Y encima vive confiado en que ese pasado está allí intacto cuarenta años atrás y es posible recuperarlo cruzando el umbral temporal para rescatarla.
Sí. Puede que tengan razón y solo sea locura. ¿Pero, acaso no está el discurso natural de los enamorados impregnado de locura? Y ¿qué importa que nadie más pueda entenderlos si es suficiente con que ellos se entiendan?
¿Cómo les explico, que cuando la conocí, mis sentidos que hasta ese momento solo sabían arrastrarse por el suelo, descubrieron una nueva dimensión al verla levantar el vuelo ante mis ojos asombrados?
No. No espero que nadie me entienda. Solo alumbrados por el brillo de sus ojos oscuros, podrían entender sentimientos que ahora son y solo pueden ser míos.
Pero…Si la hubieran visto sonreír...Si en la distancia hubieran visto su menuda silueta andar como flotando sobre el suelo...si seducidos por la cercanía de su delicado cuello se hubieran sentido envueltos en su perfume…… Hubieran caído cautivados por su etéreo hechizo. Encontrarían normal que este amor, como una hermosa semilla dorada, vaya renaciendo y provocando contra toda lógica, primaveras constantes en mi alma, sin que la ahoguen los sedimentos del tiempo. Todo lo que viví después a lo largo de cuarenta años, se vuelve transparente y apenas enturbia la visión de esa corta secuencia de dos meses en los que mi vida brilló como nunca después supo hacerlo.
Cuando quiso el destino se la llevo, sin apelación, o puede que, para obligarme a apelar, pero lo cierto es que no lo hice y se fue.
La dejé ir. Pero su impronta quedó allí en ese limbo en donde mis cosas terrenales se idealizan hasta sacralizarse, y su materia se confunde con el impacto que me provoca. Y cada día en algún momento su energía se apodera de mí, y siento de nuevo el vértigo de asomarme a sus ojos y hasta me parece que su perfume flota en mi salón y siento en los labios del alma el éxtasis de esa gota de néctar envuelta en el mar de una vida de búsquedas.
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No hablas mucho, sino lo justo para que yo me sienta cómodo para hablar. Al principio no suelto mucho más que monosílabos, pero no parece importarte.
Alrededor la vida sigue sin que consiga distraer mi atención. La patrona sirve la mesa mientras su hija entra y sale sin objeto aparente y la televisión arropa nuestros silencios con su ruido de fondo.
Nuestras manos sacan y vuelven a meter la servilleta en el servilletero, y cruzamos fugaces miradas que juegan a encontrarse y perderse de nuevo. Las sobremesas se alargan en la confluencia sosegada de sonrisas, y palabras intrascendentes, que van consiguiendo que cada vez nos resulte más fácil el estar juntos.
Tú lo hiciste todo. Paso a paso conseguiste ir juntándonos en el modo apacible en que dos ríos en época de poco caudal se encuentran y mezclan sus aguas. Fue una obra de arte o algo imposible que llevaste a cabo con asombrosa naturalidad.
Nunca he tenido claro si en alguna parte de mí, habita un alma, pero en esos días parecía una evidencia. Tal como se va acrecentando el resplandor en que yo te veo envuelta, te miro y tengo sensaciones que no puedo discernir si son físicas, psicológicas, espirituales o vete a saber qué. Algo danza alegre dentro de mí. Algo maravilloso
Pura magia blanca bajo cuyo influjo pasan cosas increíbles porque, te veo cruzar el pasillo con tus libros y me parece que en realidad estas levitando, y hasta juraría sobre la biblia y todos los libros sagrados, que eres una preciosa hechicera que se desplaza sin llegar a tocar el suelo. Una poesía que se desliza en el aire, creando belleza a su paso.
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Espero tus miradas, las busco con intensidad, pero cuando me miras me retiro. La presencia del pequeño de la casa nos relaja, la conversación se hace más fácil y todo fluye dejándonos llevar por el juego.
Poco a poco se van tejiendo invisibles lazos, cuando me miras y te miro, y la conversación toma bríos sin que nadie se lo proponga ni haga un esfuerzo. Noto mis sentidos más alerta y más vivos de lo que nunca han estado y de repente la distancia que nos separa desaparece, y sin que me parezca extraño me siento uno contigo. El tiempo pierde su consistencia y vuela sin sentirlo.
De todos mis recuerdos aquellos que en mi memoria conservan mejor su hechizo, son sin duda aquellas tardes en las que sentado en una mecedora cantas para mi tus canciones más queridas. Yo te miro embelesado y escucho tu voz, cargada de una ternura cristalina e inocente.
“Paraules d´amor” era mi preferida y cuando la cantas imagino su melodía reverberando en el espacio, enredándose en la lámpara jugando con los reflejos de los espejos y atravesándome con su mensaje enamorado. Oyendo “Les sabates”, siento el frio de aquellos zapatos abandonados sobre la nieve y los veo calentándose a la luz de una estrella. , “My bonnie lies over the ocean”, “L´avall del riu vermell”…
Por tu voz, esas canciones están revelando con todo su poder, una nueva y desconocida dimensión de la vida: la belleza. Una dimensión que se manifiesta como superior a todas las demás, que de modo natural deben subordinarse a ella. Se convierten en algo sagrado e inefable, que erradica con sus armonías la vulgaridad y fealdad del mundo, como la oscuridad huye ante la luz.
Dejaron en mí una impronta indeleble que conserva su magia a despecho de los decenios transcurridos. Aun ahora son para mí iconos del amor, que me ponen la piel de gallina solo de oírlas.
Te oigo cantar, te contemplo, te pienso, y sin decidir nada ni proyectar ni escoger, me abandono a las extrañas energías que me envuelven y a su desconocida naturaleza. Me limito a disfrutar como flotando en un limbo placentero.
¡¡Que bonita es¡¡ Podria pasar horas oyendo su voz y mirando aquellos ojos, y pasar hambre por olvidarme de comer y no hacerme falta porque nunca fue más verdad aquello de :”No solo de pan vive el hombre”, y porque mirarla y oírla me alimenta
Nunca antes me había sentido asi..
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Vienes decidida porque es tu forma de ser. Que alegre pareces y la diadema te sienta tan bien y te da una impronta de colegiala mientras tu minifalda acuerda con tus blancos calcetines dejar a la vista muslos y rodillas, celestiales, finos, tiernos, sedosos.
¿Cómo pude sobrevivir hasta ahora sin ti?, Si apareciste hace cuatro días y ya pareces insustituible.
¿Cómo pude soportar la asfixiante soledad de no conocerte?
Me informas de que vas a estudiar en el viejo comedor. Yo también tengo que estudiar. —Digo. — y voy enseguida.
Abrimos los libros y las libretas y de nuevo quedan, sólo como testigos y cómplices de nuestra conversación. Con un movimiento exquisito, tus dedos van pasando páginas por pasarlas, mientras me hablas. Me cuentas cosas de tu familia de tu colegio, de tu abuelo que vino de Francia de tu abuela cuyo nombre llevas. Todo lo que me cuentas me interesa, me apasiona y es para mí algo urgente e importante. La conversación toma un ritmo trepidante, como el fuego avanzando en un día de viento, o alguna fuerza de la naturaleza. Explicando, interrumpiendo, pidiendo detalles. Preguntas, respuestas, risas, alientan el estar juntos y todo encaja y se hace tan fluido, y tan gozoso como cualquier cosa que tiene que ver contigo.
Los obstáculos se disuelven y vamos compartiendo sin esfuerzo ideas intereses, historias, e ilusiones. Todo se vuelve íntimo, se borran las diferencias y quiero volverme transparente para ti.
Entra Ernestet, con una casette que le han regalado, y jugamos a grabar chorradas en una cinta. Cantamos, contamos chistes y pasan las horas mientras sobre la mesa los libros abiertos son cada vez una coartada menos creíble. Estoy sentado a tu lado y nuestras manos se cruzan y tienden a tropezar tecleando en el pequeño aparato, Un magnetismo natural parece empeñado en juntarlas y sin saber cómo y por supuesto sin haberlo decidido, me descubro poniendo la mano sobre la tuya, por debajo de la mesa.
Muchas veces pensé en ese momento sin comprender como me atreví. Porque atreverme a correr el riesgo del rechazo, eso sí que fue un auténtico milagro. Era impensable que lo hubiera decidido yo, y más bien parecía que algo en mí tomara decisiones por su cuenta, sin contar con mis miedos.
¡Gracias algo ¡
Nos miramos sin atrevernos a respirar y al final de ese eterno instante, tan natural como tú eres, esbozas una dulce media sonrisa. El mundo que en esa décima de segundo se había parado expectante, vuelve a fluir como recién engrasado, porque no es una sonrisa sino un amanecer de primavera, una promesa, la esperanza, un arcoíris, una canción celestial, una supernova estallando, ….. y me está sucediendo a mí. Todo junto en ese momento porque veo amor en tus ojos y nada de lo demás importa.
En ese instante se dan por resueltos todos los conflictos de mi vida y me siento en paz con el mundo que me rodea.
Había olvidado que no estamos solos y en medio del juego Ernestet intenta tirar de mi brazo con tanta fuerza que mi mano sale de debajo de la mesa entrelazada con la tuya.
Con que rapidez se encadenan los sucesos y las cosas se apresuran empujadas por las manos traviesas de un destino fuera de nuestro control. Nuestro secreto agoniza con apenas unos segundos de edad.
Ahora que Franco hace tiempo que ha muerto y los curas han perdido su poder, no le daríamos más importancia. Pero en esa época, ese inocente gesto de una mano sobre la otra representaba una transgresión inaceptable en el ambiente familiar. Nos hacía sospechosos de delitos sexuales y todo lo que oliera a sexo era aventura deseable en conversaciones entre amigos, pero para la sociedad, pecado o cuestión de honor.
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Embarcada en un viaje inesperado en el tiempo, me esfuerzo en recomponer aquellas vivencias de otra época. Pero es apenas un baile de fugaces y huidizas sombras que se asocian a sensaciones casi físicas, de unas manos entrelazadas, besos torpes bajo los árboles, ilusiones y decepciones…
Como fantasmas deshilachados que se van juntando, poco a poco, los recuerdos van haciéndose más concretos, tomando forma, y mostrando la vivencia adolescente. El primer amor.
Pero ni de lejos es tan extraordinario en mis recuerdos.
Tal como él lo narra, no lo reconozco porque más bien parece el delirio de un admirador exaltado que lo pinta todo brillando con fuegos artificiales y lluvia de purpurinas. Todo estrellas y resplandores que no encajan con las vagas sensaciones que conservo de aquellos días.
¡Qué azar tan rebuscado, que me depara la sorpresa de descubrirme en un libro¡
Guiada por la descripción, estaba imaginando a la chica, y Oh sorpresa. Como en un sórdido truco de magia, de un mago chapucero, resulta que soy yo. Pero ¿Cómo me iba a reconocer, vista desde sus ojos? Y mucho menos reconocerle a él. Quizá me enamoré de él, pero lo recuerdo como un chico gris e introvertido del que no podía imaginar esta complejidad emocional. Como si me hubiera relacionado solo con lo superficial y en realidad para mí fuera un desconocido. El mundo se ha vuelto loco. Sigo mirando la portada, lo abro y de pronto tengo la sensación de que en aquellas páginas restantes rebosan las sorpresas porque si no recuerdo mal apenas ha comenzado.
Ni idea de lo que pueda encontrar. Esta retratando los hechos desde una perspectiva tan diferente a lo poco que recuerdo, que es como si en realidad fuera otra historia.
O no la entendí en su momento, y esto fuera un manual con las claves que lo explicaran. ¡Que disparatadas alucinaciones¡
¡Verme levitando¡ Una poesía que flota en el aire creando belleza a su paso…
Me sonrío. Aunque venga de un exaltado enamorado, esto le sube la autoestima a cualquiera. Increíble
Me asalta un repentino pudor. ¿Qué gente estaría en ese momento leyendo intimidades de mi vida?
¡Qué tontería! Pero si apenas lo reconozco yo ¡
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Acodados sobre la mesa frente a frente, nuestras manos ya no se separan ni nuestros ojos.
Nuestras conversaciones, en aquel rincón entrañable construyen un escenario en el que todo sucede mientras hablamos y te contemplo extasiado. Tu colegio de monjas, mi colegio de frailes, tu voz, la tónica schweppes, mi familia, tu familia, tus ojos, tu risa de encajes de cristal plateado…...mi felicidad.
¿Cómo puedes ser tan perfecta? Me hubiera gustado abrazar a tu madre y preguntarle: ¿Cómo ha podido hacerla tan bonita? Que pudieras existir y al mismo tiempo estar conmigo eran en si dos sucesos imposibles que tenía delante de mis ojos. ¿Cómo podría olvidarlo?
En el universo de tu cara sonriente de repente cruza un relámpago. No sé qué has hecho, pero con ese gesto mínimo has iluminado el mundo, el bar y hasta los espacios más sombríos de mi alma. Tan frecuentes.
Poco a poco identifico ese evento que sucede como por casualidad cuando en momentos interesantes de la conversación tienes la costumbre de hacer un mohín y pareces tensar el labio inferior.
Es un pequeño detalle, que toma impetuoso el valor de un imperio porque pulsa en mí, algún misterioso resorte. Ese pequeño gesto tan trivial, me atrapa con su inexplicable encanto y por alguna extraña razón me provoca un placer sutil e inconmensurable.
Primero lo espero con avidez, y luego poco a poco aprendo a provocarlo sin que mengüe nunca el disfrute que obtengo.
En los tiempos del dolor que más adelante conocería, era sin duda lo que más añoraba y aunque después aprendí a acariciar mi alma con su recuerdo, aun ahora, escribiendo estas líneas, sufro y me tientan las lágrimas por no verlo de nuevo.
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Yo iba envuelto en una nube ilusionada de sonrisas y tonos de voz acariciantes. El sonido cadencioso de pasos menudos y decididos. Ojos que se desvían tímidos e inmediatamente vuelven. En esa intimidad itinerante, bajábamos hasta un bar minúsculo con dos mesas y una barra de tres metros, no muy lejos en “Les noves galeries”. En la esquina de la calle Berenguer IV con Generalísimo.
Era un sitio muy artificial al uso de la época, lleno de materiales plásticos, cristales relucientes y una iluminación excesiva “Moderna”.
Acodados sobre la mesa frente a frente, nuestras manos ya no se separan ni nuestros ojos.
Nuestras conversaciones, en aquel rincón entrañable construyen un escenario en el que todo sucede mientras hablamos y te contemplo extasiado. Tu colegio de monjas, mi colegio de frailes, tu voz, la tónica schweppes, mi familia, tu familia, tus ojos, tu risa de encajes de cristal plateado…...mi felicidad.
¿Cómo puedes ser tan perfecta? Me hubiera gustado abrazar a tu madre y preguntarle: ¿Cómo ha podido hacerla tan bonita? Que pudieras existir y al mismo tiempo estar conmigo eran en si dos sucesos imposibles que tenía delante de mis ojos. ¿Cómo podría olvidarlo?
En el universo de tu cara sonriente de repente cruza un relámpago. No sé qué has hecho, pero con ese gesto mínimo has iluminado el mundo, el bar y hasta los espacios más sombríos de mi alma. Tan frecuentes.
Poco a poco identifico ese evento que sucede como por casualidad cuando en momentos interesantes de la conversación tienes la costumbre de hacer un mohín y pareces tensar el labio inferior.
Es un pequeño detalle, que toma impetuoso el valor de un imperio porque pulsa en mí, algún misterioso resorte. Ese pequeño gesto tan trivial, me atrapa con su inexplicable encanto y por alguna extraña razón me provoca un placer sutil e inconmensurable.
Primero lo espero con avidez, y luego poco a poco aprendo a provocarlo sin que mengüe nunca el disfrute que obtengo.
En los tiempos del dolor que más adelante conocería, era sin duda lo que más añoraba y aunque después aprendí a acariciar mi alma con su recuerdo, aun ahora, escribiendo estas líneas, sufro y me tientan las lágrimas por no verlo de nuevo.
Klara Lablanca