Las cadenas del hábito, por lo general, son demasiado pequeñas para poder notarlas, hasta que se vuelven demasiado fuertes para poder romperlas.
Samuel Johnson

viernes, 28 de agosto de 2026

 Las mariposas de Sierra Irta

Gonepteryx Cleopatra

   

Me miro en el rocío de la mañana: soy un destello de luz solar. Mis alas anteriores son de un amarillo azufre intenso, casi limón, pero con un toque de distinción: una gran mancha naranja encendido que se difumina. Soy la autentica reina del matorral mediterráneo. Mi vida durará aproximadamente diez meses. Mientras mis primas, las vanesas, las limoneras o las blanquitas, viven rápido, se reproducen en dos semanas y mueren jóvenes.

Mi vuelo es rápido, errático, un zig-zag nervioso que desafía a los vencejos a los zorzales y a los fotógrafos aficionados.

Que bien me caen las Medioluto (Melanargia lachesis). Pobres. Son elegantes, con sus trajes de ajedrezado blanco y negro, muy formales, muy funeral. Pero su existencia es desesperadamente corta.

—¡Buenos días, Cléo! — La Medioluto se sobresalta y me saluda con un batir de alas cansado. —Apenas ha empezado la primavera y ya parece que se le acaba el mundo—. Qué energía tienes.

—¡La energía de la vida, querida! —exclamo, abriendo mis alas solo un milímetro para destellar un poco de amarillo y volver a cerrarlas—. El sol está alto, el néctar es abundante y los machos de Cleopatra están como locos buscando pareja. ¿No es maravilloso?

La Medioluto me mira con una mezcla de admiración y melancolía.

—Supongo. Para ti. Tú verás el verano, el otoño y la próxima primavera. Nosotras somos tan efímeras

Me da un vuelco el corazón. Siempre me pasa con ellas. Son tan pesimistas.

Intento animarla durante toda la mañana. Bailo a su alrededor, le señalo las mejores gotas de savia, le cuento chistes verdes (nunca mejor dicho, sobre orugas que se creían filósofos). Y por un momento, la Medioluto parece olvidar su destino y revolotea con menos tristeza.

Pero la realidad es tozuda. A los tres días, encuentro sus alas blancas y negras tiradas en el suelo, como un confeti olvidado tras una fiesta. Suspiro. Es la parte dura de ser una Cleopatra. Haces amigos, y se mueren.

Hoy he quedado con mi primo, Limonero. Él es todo amarillo pálido. Nos dirigimos a un pequeño claro donde suele haber excursionistas. Nos encanta montar performances para ellos

Vemos a una familia desplegando un mantel de cuadros rojos. Es el momento. Limonero y yo nos acercamos.

—¡Ahora, primo! —susurro.

Al unísono, nos levantamos en un vuelo vertical rápido y explosivo. Mis alas amarillas y naranjas parpadean Giramos uno alrededor del otro en una danza espiral hipnótica.

Los humanos se quedan paralizados. El pequeño Alex señala con un sándwich de jamón a medio masticar.—¡Mamá, mira! ¡Hadas! —chilla.

Nosotros seguimos nuestra coreografía. Cambiamos de dirección bruscamente, casi rozándonos, volviendo a subir. Provocamos entusiasmo. Provocamos asombro. Somos la magia del bosque encapsulada.

—¡Creo que la mujer va a llorar de la emoción! —exclama Limonero en pleno vuelo,—. ¡Misión cumplida!

.—Pero no creo que se den cuenta de que lo hacemos a propósito. No tienen tanta imaginacion

Justo antes de que el entusiasmo humano se convierta en un intento de captura, (qué poca delicadeza), nos separamos. Yo me dirijo a un arbusto de aliaga cercano.

Y aquí viene la contradicción de mi especie.En cuanto me poso, soy la criatura más tímida del planeta.

    
                                                                                                  Klara Lablanca

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