Las mariposas de Sierra Irta
Gonepteryx Cleopatra
Mi vuelo es rápido, errático, un zig-zag nervioso que desafía a los vencejos a los zorzales y a los fotógrafos aficionados.
Que bien me caen las Medioluto (Melanargia lachesis). Pobres. Son elegantes, con sus trajes de ajedrezado blanco y negro, muy formales, muy funeral. Pero su existencia es desesperadamente corta.
—¡Buenos días, Cléo! — La Medioluto se sobresalta y me saluda con un batir de alas cansado. —Apenas ha empezado la primavera y ya parece que se le acaba el mundo—. Qué energía tienes.
—¡La energía de la vida, querida! —exclamo, abriendo mis alas solo un milímetro para destellar un poco de amarillo y volver a cerrarlas—. El sol está alto, el néctar es abundante y los machos de Cleopatra están como locos buscando pareja. ¿No es maravilloso?
La Medioluto me mira con una mezcla de admiración y melancolía.
—Supongo. Para ti. Tú verás el verano, el otoño y la próxima primavera. Nosotras somos tan efímeras
Me da un vuelco el corazón. Siempre me pasa con ellas. Son tan pesimistas.
Intento animarla durante toda la mañana. Bailo a su alrededor, le señalo las mejores gotas de savia, le cuento chistes verdes (nunca mejor dicho, sobre orugas que se creían filósofos). Y por un momento, la Medioluto parece olvidar su destino y revolotea con menos tristeza.
Pero la realidad es tozuda. A los tres días, encuentro sus alas blancas y negras tiradas en el suelo, como un confeti olvidado tras una fiesta. Suspiro. Es la parte dura de ser una Cleopatra. Haces amigos, y se mueren.
Hoy he quedado con mi primo, Limonero. Él es todo amarillo pálido. Nos dirigimos a un pequeño claro donde suele haber excursionistas. Nos encanta montar performances para ellos
Vemos a una familia desplegando un mantel de cuadros rojos. Es el momento. Limonero y yo nos acercamos.
—¡Ahora, primo! —susurro.
Al unísono, nos levantamos en un vuelo vertical rápido y explosivo. Mis alas amarillas y naranjas parpadean Giramos uno alrededor del otro en una danza espiral hipnótica.
Los humanos se quedan paralizados. El pequeño Alex señala con un sándwich de jamón a medio masticar.—¡Mamá, mira! ¡Hadas! —chilla.
Nosotros seguimos nuestra coreografía. Cambiamos de dirección bruscamente, casi rozándonos, volviendo a subir. Provocamos entusiasmo. Provocamos asombro. Somos la magia del bosque encapsulada.
—¡Creo que la mujer va a llorar de la emoción! —exclama Limonero en pleno vuelo,—. ¡Misión cumplida!
.—Pero no creo que se den cuenta de que lo hacemos a propósito. No tienen tanta imaginacion
Justo antes de que el entusiasmo humano se convierta en un intento de captura, (qué poca delicadeza), nos separamos. Yo me dirijo a un arbusto de aliaga cercano.
Y aquí viene la contradicción de mi especie.En cuanto me poso, soy la criatura más tímida del planeta.
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