Las cadenas del hábito, por lo general, son demasiado pequeñas para poder notarlas, hasta que se vuelven demasiado fuertes para poder romperlas.
Samuel Johnson

miércoles, 2 de septiembre de 2026

 Amores olvidados

Había tenido un día más bien torcido, de esos en los que solía buscar su consejo. 

Pero tras su muerte, solo la visita al nicho parecía prometer un cuestionable consuelo. Aunque me había prometido no jugar a ese inútil fetichismo de los huesos, allí estaba sin poder evitarlo, con la estúpida idea de visitarle. Solo para comprobar una vez más que era incapaz de defenderme del dolor.

Estaba saludando al sepulturero cuando mirando desde una cierta distancia el nicho de mi padre, vi llegar una señora mayor. Se paró ante la lápida, rebuscó en su bolso, sacó una bayeta y un pequeño difusor transparente lleno de líquido azul. 

Ante mi sorpresa se puso a limpiarla. Me sentí invadida e irritada. ¿Cómo se atrevía? Estaba a punto de ir a pedirle explicaciones, pero atendiendo a la conversación tardé unos instantes.

Observé a la mujer, que con suaves movimientos circulares como acariciando la lápida, llevaba a cabo su actividad con la entrega y devoción del que está creando una obra de arte. 

Se detuvo un momento, sacó un pañuelo y se enjuagó con lentitud los ojos. Aquel gesto sencillo cargado de emotividad me conmovió y cambio el significado de lo que estaba viendo. Dejó de ser una intrusa.

Intrigada, le pregunté al sepulturero y me informó que cada dos o tres días la ve limpiarla y a veces deja una pequeña rosa roja entre las flores que trae la familia. 

Estaba confundida. No tenía explicación alguna para aquel hecho insólito y los sentimientos que sugería. No la conocía ni la había visto nunca en el entorno de mi padre. ¿Cuál era la historia que parecía sugerir? 

Cuál era el significado de su gesto devoto, de aquellas marchitas lágrimas, y la tristeza que emanaba de la frágil figura enlutada.

Buscando posibilidades, aunque fueran remotas, pensé en mi madre y me alegré de que no estuviera allí. 

Y en él. Conociéndolo era inconcebible que aquel sorprendente hecho escondiera una desconocida historia de amor. ¿O……?

Por un segundo, múltiples posibilidades de antiguos amores olvidados se esbozaron y desvanecieron en mi mente, que carente de referentes concluyó que seguramente el secreto solo le pertenezca a ella.

La vi terminar con ademán cansado la tarea, recogió de nuevo las pertenencias en el bolso y apoyó un momento la frente en la fría piedra con los ojos cerrados.

Cuando los abrió, volvió el rostro en nuestra dirección, como quien mira un camino que se pierde a lo lejos.

Dio la vuelta con dificultad y la vi alejarse junto a la hilera de nichos con andar inseguro hacia la otra puerta del camposanto.

Me acerqué al nicho y me quedé mirando la reluciente lapida. Enfrentada a su oculto significado, me acució la estéril necesidad de contarle y preguntarle. Tuve que tragarme la tristeza. El ya no está aquí. 


                                                                           Klara Lablanca

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