Spialia sertorius, o
Ajedrezada morisca
El tráfico vacacional rugía con la
furia desbocada de autocaravanas conducidas por padres al borde del colapso
mental y utilitarios cargados hasta los topes con sombrillas y una fe
inquebrantable en el GPS.
—¡Vuela, Vélia, vuela! ¡Que nos pisa un todoterreno! —Gritó con un hilillo de voz Mylia, una mariposa venerable cuyas alas ajedrezadas en tonos castaños y ámbar lucían más zurcidas que un calcetín de arriero.
Vélia, una jovenzuela de apenas tres días de vida y con el patrón alar impecable, aleteaba con toda la fuerza de su juventud, esquivando el rebufo de aire caliente de un descapotable.
—¡Dioses del polen! ¡Casi me arranca una escama! —Resopló Vélia, posándose de un salto acrobático sobre un guardarraíl oxidado—. ¿Qué demonios les pasa a estos gigantes? ¿Es que huelen néctar aromático al otro lado del asfalto?
A su lado, Mylia aterrizó con
elegancia, se sacudió el polvo de las antenas, tosió un poco de monóxido de
carbono y señaló hacia un espeso matorral de zarzas.
Con un par de aleteos, lograron
colarse entre el laberinto de espinas de una zarza intrincada y protectora.
Una vez a salvo, Vélia se sacudió
las patas delanteras,
—Oye, abuela Mylia... —comenzó la joven, acomodándose las alas con un leve tic nervioso—.. ¿Por qué tienen tanta prisa los humanos? Van rugiendo con esas moles de metal, se cruzan miradas de odio.. ¿Es que temen que se extinga el mundo antes de que sirvan la paella?
Mylia suspiró, Metió una pata en una
pequeña bolsa de seda que llevaba colgada al abdomen y sacó una aguja fabricada
con una espina de rosal y un hilo de telaraña tan fino que brillaba con
reflejos plateados.
—Acércate, jovencita, Sujeta este
borde de hoja. Si queremos pasar la noche aquí, tenemos que coser un buen
toldo. Pasa el hilo por aquí, con cuidado de no romper la nervadura central.
Vélia obedeció mecánicamente. .—Los humanos —continuó Mylia mientras daba una
puntada maestra que unía dos hojas de zarza con pulso firme— sufren de una extraña
enfermedad que los científicos de nuestro gremio llaman “el síndrome del GPS
extraviado”. Nosotras, las Spialia sertorius, tenemos las cosas clarísimas
desde el mismo instante en que rompemos el capullo. ¿Cuál es nuestro propósito
en la vida, Vélia?—Eeeehm... ¿volar de flor en flor, libar néctar rico en
azúcares, asegurar la polinización y perpetuar la especie antes de que nos cace
un gorrión? —Respondió la joven.
—¡Exacto! —exclamó Mylia dando una
pequeña palmada con las alas—. Sobrevivir, disfrutar del sol, reproducirnos y
dejar el campo tan bonito como lo encontramos. Nosotras somos. Y al ser,
cumplimos nuestra misión.
—¿Y los humanos no? —preguntó
Vélia, dando una puntada un tanto torcida que casi le atraviesa una pata.
Mylia señaló con la aguja hacia la
carretera, donde un descapotable rojo tocaba el claxon con desesperación.
—Se creen que el propósito de la
vida se compra en un centro comercial. Como no saben quiénes son ni qué hacen
aquí, intentan llenar ese vacío yendo muy, muy rápido. Piensan que si corren lo
suficiente, el vacío no les alcanzará, porque tienen miedo a estar a solas
consigo mismos.
Vélia dio la última puntada y anudó
el hilo de telaraña con un pequeño tirón experto. La hoja de zarza quedó
perfectamente doblada y sellada, creando una tienda de campaña verde lista para
pasar la noche las dos.
Klara Lablanca
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