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viernes, 28 de agosto de 2026

 Las mariposas de Sierra Irta

Gonepteryx Cleopatra

   

Me miro en el rocío de la mañana: soy un destello de luz solar. Mis alas anteriores son de un amarillo azufre intenso, casi limón, pero con un toque de distinción: una gran mancha naranja encendido que se difumina. Soy la autentica reina del matorral mediterráneo. Mi vida durará aproximadamente diez meses. Mientras mis primas, las vanesas, las limoneras o las blanquitas, viven rápido, se reproducen en dos semanas y mueren jóvenes.

Mi vuelo es rápido, errático, un zig-zag nervioso que desafía a los vencejos a los zorzales y a los fotógrafos aficionados.

Que bien me caen las Medioluto (Melanargia lachesis). Pobres. Son elegantes, con sus trajes de ajedrezado blanco y negro, muy formales, muy funeral. Pero su existencia es desesperadamente corta.

—¡Buenos días, Cléo! — La Medioluto se sobresalta y me saluda con un batir de alas cansado. —Apenas ha empezado la primavera y ya parece que se le acaba el mundo—. Qué energía tienes.

—¡La energía de la vida, querida! —exclamo, abriendo mis alas solo un milímetro para destellar un poco de amarillo y volver a cerrarlas—. El sol está alto, el néctar es abundante y los machos de Cleopatra están como locos buscando pareja. ¿No es maravilloso?

La Medioluto me mira con una mezcla de admiración y melancolía.

—Supongo. Para ti. Tú verás el verano, el otoño y la próxima primavera. Nosotras somos tan efímeras

Me da un vuelco el corazón. Siempre me pasa con ellas. Son tan pesimistas.

Intento animarla durante toda la mañana. Bailo a su alrededor, le señalo las mejores gotas de savia, le cuento chistes verdes (nunca mejor dicho, sobre orugas que se creían filósofos). Y por un momento, la Medioluto parece olvidar su destino y revolotea con menos tristeza.

Pero la realidad es tozuda. A los tres días, encuentro sus alas blancas y negras tiradas en el suelo, como un confeti olvidado tras una fiesta. Suspiro. Es la parte dura de ser una Cleopatra. Haces amigos, y se mueren.

Hoy he quedado con mi primo, Limonero. Él es todo amarillo pálido. Nos dirigimos a un pequeño claro donde suele haber excursionistas. Nos encanta montar performances para ellos

Vemos a una familia desplegando un mantel de cuadros rojos. Es el momento. Limonero y yo nos acercamos.

—¡Ahora, primo! —susurro.

Al unísono, nos levantamos en un vuelo vertical rápido y explosivo. Mis alas amarillas y naranjas parpadean Giramos uno alrededor del otro en una danza espiral hipnótica.

Los humanos se quedan paralizados. El pequeño Alex señala con un sándwich de jamón a medio masticar.—¡Mamá, mira! ¡Hadas! —chilla.

Nosotros seguimos nuestra coreografía. Cambiamos de dirección bruscamente, casi rozándonos, volviendo a subir. Provocamos entusiasmo. Provocamos asombro. Somos la magia del bosque encapsulada.

—¡Creo que la mujer va a llorar de la emoción! —exclama Limonero en pleno vuelo,—. ¡Misión cumplida!

.—Pero no creo que se den cuenta de que lo hacemos a propósito. No tienen tanta imaginacion

Justo antes de que el entusiasmo humano se convierta en un intento de captura, (qué poca delicadeza), nos separamos. Yo me dirijo a un arbusto de aliaga cercano.

Y aquí viene la contradicción de mi especie.En cuanto me poso, soy la criatura más tímida del planeta.

    
                                                                                                  Klara Lablanca

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